STEINIANA

REVISTA DE ESTUDIOS
INTERDISCIPLINARIOS
ISSN 0719-8728

2017 / Nº 1 / VOL. I

Ver edición completa en PDF

Ver edición completa en HTML

ARTE STEINIANO

Autor: Saide Cortés Jacob.

Qué es el arte sino la creación de la belleza a través de diferentes medios de expresión. Un placer para los sentidos desde un intelecto emotivo que hace vibrar el alma en la vorágine de un fenómeno semiótico el cual se explica cuando el receptor es también autor recreando el motivo artístico. Misterio que atrae, que subyuga y deleita, cuando se abre a una plurivalencia de carácter connotativo; esto es, tantas posibilidades que el signo permite desde un significado, abierto a tantos significantes como sean posibles. La paleta del arte conlleva el milagro envolvente que da vida y que también paraliza, hipnotizando al espectador. El arte es ese himno gigante y extraño que anuncia en la oscuridad una aurora boreal.

Acercarse al arte es un riesgo que paraliza al advertir que será sumido por las fauces cavernosas de una sierpe que inoculará el veneno de la vida. En definitiva el arte es un goce, un juego que se transforma en fuego donde veremos la antorcha encendida.

El arte es, principalmente, un acto de comunicación, produciendo un goce estético integral, intelectual y sensible. Su lenguaje es figurativo y sus procedimientos de ficción variados.

El arte de forma, color y luz, tiene como expresión testimonial, entre otros, el vitraux. Bellísima manifestación que en su conjunto es una loa al Altísimo, perfecto vínculo entre la creación artística y creencia. El uso del vidrio, vitreaux, se remonta a la época de los romanos, posteriormente colocados de forma exclusiva en iglesias y catedrales para instruir por medio de imágenes.

En su evolución se introduce la pintura y se genera una nueva paleta de colores. Cada vez se fueron haciendo más delicados y detallistas con la introducción de nuevas herramientas y técnicas. En el siglo IX, los vitrales no solo fueron obra exclusiva de maestros vidrieros a los que se sumaron importantes pintores de la época. A comienzos del siglo XX se expande el Art Nouveau y los vitrales invaden la arquitectura tanto religiosa como urbana.

Cuando la vidriera se convierte en una expresión que exalta la fe, en toda su magnitud, es materia vital por su fuerza y frecuencia; es así como por su magnificencia tanto las paredes laterales y ventanas superiores, adornan las grandes catedrales y monasterios.

En el transitar de la vida espiritual, el efecto de las luces, en el interior del templo, otorga una mística de recogimiento. El filtro misterioso del vitral, actúa como catalizador de experiencias, diálogos y sentimientos. Podemos así establecer la comunicación entre fe y sus diversas manifestaciones y valorar en su real dimensión, el aporte del entorno en la vivencia del espíritu humano. Asomarnos a esos trozos de vidrio hábilmente ensamblados, nos produce importantes reflexiones y fuertes sentimientos cuando la luz juega en ellos. Nuestra sensibilidad y el afán de penetrar por aquellos trozos de luz, se llena de riqueza al destapar el cofre, continente de arte, historia, mensaje y vida en la fe. Porque su aporte artístico también evidencia un profundo conocimiento de la historia religiosa el que se conjuga con saber apreciar, desde el punto de vista estético, las representaciones de los santos que se narran en estas hermosas vidrieras.

Por esta razón, el arte del vitraux es un campo interesante para el análisis e interpretación de los significantes de connotación. Es así como intentaremos a través del vitraux ubicado en la Iglesia de Santa Teresa de Liseaux en Montauk, N.Y., descifrar el lenguaje presente, en la esperanza de que nuestro comentario del mensaje iconográfico, pudiera servir como un sencillo aporte a su valoración artístico-teológico.

Un primer acercamiento a la composición, nos permitirá valorar la magia del simbolismo, constituida por cuatro figuras femeninas, cuatro religiosas en un conjunto armoniosamente equitativo. Un eje central podría distribuirlas en dos hemisferios convergentes. No se aprecia la totalidad de sus figuras, porque el artista habrá querido destacar el rasgo superior que las caracteriza; es allí lo que las iguala a la vez que las identifica. El vitraux se constituye en un escenario gineceico donde las protagonistas –todas tienen el mismo valor y participación– convergen en una secuencia femenina teológica y simbólica. La relación se produce en una escala equilibrada en colorido símbolo de significado y significante. Hay placidez en sus rostros y suave inclinación de sus cuerpos; dulce sonrisa serena en armonía con sus miradas reverenciales, sin embargo, todas apuntan a diferentes direcciones.

Hay invitación al recogimiento y a la reflexión como también al encuentro místico más profundo.

Hay una intención de consolidar la idea de movimiento y volumen que se observa en los hábitos, como también en la unificación de aureolas, plenas de luz en contraste con la opacidad de sus vestiduras monacales. Por eso el vitral carece de adornos enmarcadores, hornacina, para destacar la austeridad del conjunto. Lo cual, imprime un sentido atmosférico que imprime volumen, armonía y equilibrio a toda la composición en una actitud general de seguridad y confianza.

El trasfondo de romboides crea sensación de equilibrio y de unidad, otorgando calidez con aportes de suavísimos colores; sin embargo, si se los mira en una perspectiva inclinada, el metal que los une puede sugerir una secuencia de cruces que contiene a todo el conjunto en perfecta sinonimia.

La presencia de la cruz, referencia explícita al santo madero está en todas las figuras de una u otra forma, creando un efecto de tensión lo que otorga dinamismo y fuerza singular de conjunto. Son las manos las que aportan a dicho argumento, porque lejos de mostrarlas en actitud de oración beatíficas, nos la muestran abrazando la cruz: primera imagen (siguiendo el orden de presentación). La cruz corona un libro, luego sosteniendo la lanza; después mostrando un retablo con la Santa Faz, y cerrando el conjunto con los estigmas de la crucifixión. Por tanto, el lenguaje gestual obtiene fuerza y gran versatilidad, en el tratamiento de las manos, sentido atmosférico que imprime un perfume de amor místico, lo que dispone espiritualmente al observador, promoviéndole solemnidad y concentración.

Un brevísimo reconocimiento a las figuras femeninas que componen este bello vitraux.

Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) (Breslau 1891 – Auschwitz 1942). Filósofa y religiosa Carmelita Descalza, alemana de origen judío y víctima del holocausto. Convertida al catolicismo, adoptando el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Su obra filosófica constituye un nexo fundamental entre el cristianismo y la fenomenología de Husserl. Se dedicó a temas de pedagogía y formación femenina. Compuso, por consejo de sus superioras, la monumental obra El ser finito y el ser eterno (publicada 1950) en la que examina todo lo creado e increado. Su última gran obra La ciencia de la Cruz (publicada en 1950) interpretación de la mística de San Juan de la Cruz. Beatificada en 1987 y canonizada en 1998 por San Juan Pablo II. En proceso de ser Doctora de la Iglesia.

Santa Teresa de Ávila (Ávila 1515 – Alba de Tormes 1582). La vida conventual era entonces muy relajada, lo que provocó en ella un doloroso descontento. Llorando ante un Cristo llagado, le pide fuerzas para no ofenderle, y desde ese momento su oración mental se llena de visiones y estados sobrenaturales, alternados con períodos de sequedad. Su anhelo de querer vivir su entrega religiosa con todo su rigor y perfección, la lleva a realizar la reforma del Carmelo.

Sus obras de gran contenido pedagógico, conjunto variado de los distintos modos literarios son fruto de la obediencia a sus superiores. Libro de su vida, El Castillo interior, poesías y epistolario… fueron vigilados por la Inquisición. Beatificada por Pablo V, en 1614, fue canonizada por Gregorio XV en 1622 y nombrada Doctora de la Iglesia Universal por Pablo VI en 1970.

Santa Teresa de Lisieux (Alençon 1873 – Lisieux 1897). Ingresó en el convento carmelita cuando contaba quince años y allí viviría el resto de su vida. De profesora de novicias hasta el desempeño de las tareas más humildes, buscando siempre la santidad en ello. Sus superioras le pidieron que escribiese un relato de su vida, Historia de un alma (publicado en 1898), se transformó en la autobiografía más leída de todos los tiempos. En el Carmelo vivió dos misterios: la infancia de Jesús y su Pasión. Por ello solicitó llamarse Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz.

Pio XII quiso asociarla en 1927 a San Francisco Javier como patrona de las misiones, debido a su nutrida correspondencia con padres misioneros.

Fue beatificada en 1923 y canonizada en 1925. Doctora de la Iglesia, bajo el título Divinis amoris sciencia, el 19 de octubre de 1997 por San Juan Pablo II.

Santa Catalina de Siena (Siena 1347 – Roma 1380). Se incorpora a la Orden de Predicadores (rama femenina de los Dominicos), abrazando la profesión de los consejos evangélicos en el mundo, según el espíritu de Santo Domingo de Guzmán. Toma conciencia de que la contemplación en soledad es estéril si no se abre a Dios y al prójimo y opta por una soledad interior fecunda, guiada por los pasos de la Pasión de Cristo. El Crucificado le esclarece los caminos y la impulsa al amor a los pobres y enfermos. En 1373 recibió los estigmas de la pasión. Escribe al Papa Gregorio XI, a eclesiásticos, religiosos y a muchos laicos, entre ellos al rey de Francia, a la reina de Nápoles, a príncipes y a diversas autoridades. Autora de importantes obras de espiritualidad corona su producción con Diálogo, Oraciones y las Cartas. Catalina une a su contemplación en el mundo, una gran destreza para las negociaciones políticas y un talento de hombre de estado.

Pio II la canoniza en 1461 y el 4 de noviembre de 1970 es declarada Doctora de la Iglesia por Pablo VI.

Luego de este brevísimo paneo por las figuras protagónicas del vitraux, terminamos destacando con más argumentos la iconografía como atributos individuales, que el autor de esta bellísima vidriera, basándose en las hagiografías quiso identificar a estas insignes y santas mujeres. El ícono es todo símbolo en sí mismo en lo que simboliza y en lo que contiene. El autor de esta artística composición le confirió a Edith Stein un libro verde con una cruz entre sus manos. El texto La ciencia de la Cruz termina con la frase “Ave, Crux, Spes” (Te saludo Cruz, única esperanza nuestra). Teresa de Jesús sostiene entre sus manos, una lanza, símbolo de la transverberación, experiencia mística que ella misma describe “…viale en las manos un dardo de otro largo y al fin de hierro me parecía tener un poco de fuego… que me llegaba a las entrañas …y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios” (Libro de la Vida). En sus poesías, “Hiéreme con una flecha / enharbolada de amor y mi alma quedó hecha / una con mi criador”.

Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, queda entre sus manos la imagen de su nombre en un colorido retablo: el Niño y el rostro de Cristo.

Finalmente, Catalina de Siena abraza una rama de olivo, símbolo del Olivo de la Paz por su misión de paz en Florencia.

La composición de esta vidriera, ha unido a cuatro mujeres santas, místicas, pedagogas, valientes, escritoras aguerridas, doctas, de cuatro países europeos, dando su colorida claridad vidrial a la Iglesia y al mundo entero.

Paul Claudel dijo que “Todo ente puede convertirse en símbolo artístico por su transparencia en el fundamento primero y solo llegará a nosotros, si todavía conservamos el gusto por lo admirablemente misterioso oculto y trascendente de este mundo, es entonces cuando todas las creaturas pueden convertirse de nuevo para nosotros, en mensajes iluminadores” (Figures et Paraboles).

Descargar PDF