STEINIANA

REVISTA DE ESTUDIOS
INTERDISCIPLINARIOS
ISSN 0719-8728

2017 / Nº 1 / VOL. I

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Agradezco entonces la ocasión para detenerme en este rostro tuyo dado a nosotros en esta vida como semblante, símil del misterio impenetrable de la singularidad personal y con todo, camino hacia tu misterio.

En una de las últimas sesiones del Centro Edith Stein, si no la última, al presentar nuestro proyecto común, bromeando te nombré como Teresa Serrano, sorprendida me miraste, como diciendo: ¡cómo te puedes equivocar con mi nombre! Todos se rieron, porque comprendieron a qué me refería. Pero esa reacción retrata tu inocencia y falta absoluta de pretensión. Y tal vez sea este sea el rasgo más notorio de tu presencia. Eras capaz de desaparecer, es decir, de servir en silencio, de colaborar sin poner la firma y de trabajar innumerables horas extra en secreto. Pero no se vaya a creer que era falta de carácter o una humildad remilgada. No. Era expresión de tu discipulado misionero, plenamente consciente de que esa sería la actitud del Señor de la vida. Eso te hacía muy libre y muy auténtica, la justicia y la paz se besaban en ti. Estábamos siempre en compañía de una mujer de verdad, de carne y hueso, de corazón y espíritu.

Libre para preguntarlo todo, de vibrar e  interesarte por cada investigación, por apoyar y enriquecer  nuevas ideas; libre de no sentirte poseedora, sino marianamente servidora y de quien te necesitara. El tuyo era un corazón sin doblez, de claridad salmantina, de la Muy Noble y Leal Salamanca, tu terruño de origen. La lealtad de tu amistad es otro rasgo imborrable. Y la capacidad de crear comunión y entendimiento.

Para nuestra labor teológica esto significaba una aproximación a la verdad en diálogo fructífero, sobre todo por tener que pasar por el corazón, cualidad infinita de tu femineidad, cada idea o hipótesis. Por esta razón te sentías a tus anchas en Teresa de Jesús, allí sorbías de una fuente alejada de toda especulación artificiosa y te entendías con una sabiduría hecha de contemplación de Cristo y de su experiencia vital. Esta pasión por la sabiduría te llevó a indagar, en los escritos de la santa Madre, su pensamiento acerca de la persona humana, los elementos esenciales de su antropología hasta entonces poco investigada. Pero era la cuestión humana, a la luz de Gaudium et spes, lo que me parece a mí, más ocupaba tu mente y tu corazón. La cuestión humana siempre y más urgente hoy, a buscar en la fe una respuesta hacia la plenitud de su realización y sentido. Esto hacía que fueras sensible a las cuestiones de índole formativa,  educacional y sobre todo del desarrollo de la vida espiritual. Y en esto brillaba nuevamente tu maternidad. Que no se limitó a la de tus hijos propios, de hecho muchos alumnos pensaban que eras religiosa o consagrada.

Cuando Cristián Johansson, con quien almorzabas sagradamente, recibió la foto que le envié de ti sentada frente a la Sagrada Familia de Gaudí, me dijo: una vida, como la Sagrada Familia, un proyecto a medio terminar. Pero tal vez, a cualquier hora en que el Señor nos llame, no parezcamos todos sino eso; proyectos o promesas a medio cumplir, y si embargo, sin saber el día ni la hora el Señor nos toma de la mano y concluye su obra.

Hoy, palabra para ti antigua, despiertas ante otro semblante, el semblante del Amado y en él, de alguna manera, nuestro semblante tampoco te es extraño.

¡Gracias, Agu, gracias por cuanto nos diste!

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